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domingo, 5 de junio de 2011

Del Brazo y por la Calle de Juan Bustillo Oro

Como un brazo gangrenado que me mata pero que no puedo apartar de mí

Esa es la frase que describe la magnitud del drama Del Brazo y por la Calle, teatro filmado con la dirección de Juan Bustillo Oro, la participación de solo un actor, una actriz,  un narrador y otra protagonista muda a la que se le da un crédito inusual: la Ciudad de México.

Teatro filmado que dice tanto por los diálogos como por los silencios. Las escenas filmadas en Tlatelolco no tienen nada que envidiarle a los grandes suspensos de Hithcock y la cámara subjetiva con el tren que  que se acerca a Marga López es seguramente la mejor empleada desde que los hermanos Lumiere exhibieron los primeros tranvías filmados al auditorio de un café parisino.

Edificios sobresalientes de Polanco y la residencia de las calles de Puebla y Orizaba, en la Colonia Roma, son imágenes reconocibles para los espectadores, medio siglo después de su filmación, en una época en la que Manolo Fábregas y Marga López rondaban los 35 y los 32 años respectivamente, estaban en la plenitud de sus carreras actorales y protagonizaban una película que tiene mucho del neorrealismo italiano; un tono azuloso de las películas de Alain Resnais y un suspenso visual completamente Hitchcock.

Drama clásico con una anti heroína estilo Madame Bovary, a la que muchos, sobre todo espectadores masculinos, pueden odíar, pero que por fortuna no fue ese el sentir de su autor, Bustillo Oro, quien no cayó en el romanticismo idealista, pero si remató su filme con una luz de esperanza en una calle abierta.

Están ahí todos los elementos de los grandes dramas románticos, la diferencia de clases, el cuestionamiento sobre la dignidad y la sobrevivencia, el orgullo del macho herido, el hembrismo de la mujer que pide que su destino sea decidido por el hombre al que traicionó; la celestina que sabe por donde está el camino para vulnerar las defensas del cuerpo que ella quiere comercializar.

Del Brazo y por la Calle, tal como Cuando los Hijos se van, del mismo director, son dramas intensos y sobresalientes porque el director no juzga, retrata. La tortura que viven sus personajes es tan intensa como la del Raskolnikov de Crimen y Castigo, pero afortunadamente Bustillo Oro es mexicano y su compasiónes mucho más profunda que la de los autores rusos o franceses. Basta decir que Marga López no ha de terminar con la lengua azul por el arsénico, como si ocurre con su homóloga francesa, la señora Bovarí.

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