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jueves, 19 de diciembre de 2013

Función doble Heli y La Jaula de Oro


Axel Ancira
Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, La Habana Cuba.
17 de diciembre de 2013, Santa Clara, Cuba.

El Festival de Nuevo Cine Latinoamericano ha llegado a su fin con un saldo extraordinario para el cine mexicano: el premio a mejor largometraje para Helly, de Amat Escalante, y el premio de mejor ópera prima para La jaula de oro (Diego Quemada Díez). En un festival monumental, en donde como ocurre a menudo en otros festivales, es imposible verlo todo; y en este caso particular, combinarlo con la tarea de ser un ciudadano de a pie en Cuba, alejado de las recepciones en hoteles cinco estrellas y de los taxis de precios exorbitantes, cruel símbolo de la doble economía del sistema cubano, que constituye no solo una afrenta para la vida cotidiana de las y los ciudadanos cubanos, sino también para los viajeros del tercer mundo, de quienes se exige un poder adquisitivo similar al de los visitantes de los países más desarrollados. Por suerte, la amistad es un valor comunista más grande que las segregaciones que puede producir cualquier reino del dinero. 

El Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, en su edición 35, resulta muy desigual en la calidad de las cintas exhibidas.  Muy lejos de las cintas galardonadas, quedan otros filmes de la competencia que destacan por una sensiblería manejada como fórmula (Azul y no tan rosa), y por un efectismo dramático, llevado al paroxismo, en una versión shakespeare-bananera de un Otelo, referenciado involuntariamente (Piedra, papel y tijeras).



El cine Yara fue el espacio escogido para ver la última función del festival. El paciente público habanero que durante los diez días del festival ha derrochado tiempo, ha hecho filas bajo sol y lluvia, y ha visto recortar una y otra vez los pasaportes -unos sencillos boletos de papel cuché- hace un silencio atípico ante los primeros planos de La jaula de oro. En pantalla, una niña se corta el cabello y se faja los senos, para aparentar ser un hombre; un joven,  casi un niño, se cose unos billetes dentro de la costura de un pantalón.  Así empieza está aventura de lo que podríamos considerar una road movie, y que lo es en sentido estricto, salvo que en este caso la aventura de un viaje de transformación, es también el viaje por la propia sobrevivencia, en lo que es, quizá, el corredor de muerte más grande del mundo: la ruta migrante de México hacia los Estados Unidos.

El silencio se mantuvo en la sala, algo completamente previsible e insignificante en los cines de casi cualquier lugar del mundo, pero que en Cuba, es completamente atípico. Durante el festival y en cualquier película, bastaba una tenue música para que el público saltara de sus asientos y se hiciera un murmullo en crescendo: --Ñó, un machete. – Caballero, pero porque golpea al niño... Ahora sí está empinga’o...  expresiones similares, se escuchan decenas de veces. Pero durante la proyección de La jaula de oro, no se oía ni el tímido mascar de las rositas de maíz (palomitas)  o los discretos tragos de la cerveza Bucanero, que consumen gustosamente en plena función los extranjeros que van a Cuba al festival y los cubanos que regresan en diciembre a ver a sus familias y llegan desde principios del mes, para entregarse apasionadamente al Festival. Era un silencio que borra las fronteras de la pantalla y nos colocó como testigos privilegiados de ese pequeño grupo de amigos, cuyo destino y aventuras de viaje podrían ser otras. Cuántas maneras hay de contar la historia de un triángulo amoroso, donde dos hombres compiten por los favores de una joven mujer, quien, como hemos dicho más arriba, ha borrado las marcas de su femineidad. El público del cine mexicano, podrá recordar Y tu mamá también, e incluso filmes como Por la libre, en donde el viaje emprendido lleva a descubrimientos internos, a la lucha contra la enfermedad incurable o al descubrimiento de la familia secreta de un abuelo recientemente muerto. La Jaula de oro no necesita, no puede llevarnos a esas intrigas, pues el viaje es una prueba intensa de sobrevivencia que no puede más que recordarnos filmes bélicos, donde la muerte está dentro del estado de excepción de una guerra. La Jaula de Oro es un filme de guerra, más no la declarada por los sueños magnánimos de un político de baja estatura, quien pensó que el traje militar le aportaría centímetros, es la guerra de un sistema que expulsa, y deja que los hombres y mujeres, fuerza de trabajo hiperexplotada, busque por sí misma su reubicación espacial, su libre contratación... las vidas que quedan por el camino, son solo defectos en el transporte de esa materia prima excedente: la fuerza de trabajo.  Policías, criminales, sicarios, extorsionadores y narcotraficantes son los ayudantes y opositores, más allá de todo sesgo moral, pues en el espacio de la búsqueda por el sueño del lugar de destino, los principios morales parecen quedar borrados por el de la sobrevivencia propia... hasta que La jaula de oro, nos lleva a la comprobación de que puede ocurrir justo lo opuesto: la amistad silenciosa, entre aquellos que no pueden entender lo que dice el otro, pero cuya amistad puede llegar al ofrecimiento de la vida propia.
---Cómo puede ser tan cruel el ser humano. Dice una voz entrecortada a mi lado izquierdo. En un país acosado y acusado internacionalmente como violador de los derechos humanos, estos hechos cobran un sentido distinto, pues qué podemos decir los mexicanos sobre los derechos de cientos de miles de migrantes centroamericanos y connacionales que día con día pierden la vida, quedan mutilados, las mujeres violadas, ante el conocimiento de un Estado mexicano que voltea hacia otra parte, y que hipócritamente exige una ley migratoria por los derechos humanos de los mexicanos en los Estados Unidos.   

El público quedó en un largo silencio cuando los créditos bajaron en la pantalla. Los aplausos aparecieron entre la mayor parte de los asistentes, pero el estado de ánimo no permitía ninguna expresión de alegría, mas que la de la fortuna de haber podido contemplar una pieza llamada a ser un clásico instantáneo del cine latinoamericano, y quizá la única del festival que merece el epíteto de Nuevo Cine Latinoamericano. Tal vez los asistentes habaneros pensaran que Cuba y la zona de Mesoamérica, dos regiones con importantes diferencias y producto de procesos históricos diferenciados adolecen de  igual manera,  y tal como los protagonistas de la Jaula de oro, de un nivel de vida satisfactorio que impida apreciar al vecino norteño como una esperanza por una vida mejor.  Las últimas imágenes de La jaula de oro, en donde vemos la concreción del sueño americano, parecen dejarnos una misma pregunta: dónde sobrevivir si las posibilidades están canceladas en el lugar de origen, y en el destino la vida está llamada a ser miserable, aunque por otras razones: el pueblo mexicano, condenado a una eterna vida de segunda, los cubanos, en su mayoría con un alto grado de preparación, condenados a ocupar plazas miserables en labores ajenas a su verdadera vocación.


La jaula de oro cobra un significado distinto vista desde la isla, y es que ante la caída del Muro y del bloque socialista, ha quedado un país encerrado, en donde sus habitantes tienden a ver el mundo exterior como un infinito número de posibilidades, por la simple comparación de los salarios, el precio de un ordenador o de un automóvil... Y es que el resto del mundo, para muchos cubanos, es sinónimo de extranjeros millonarios que llegan a vacacionar a la isla, y para quienes un dólar vale tanto como un guijarro. La jaula de oro permite trascender esta imaginería ingenua, compararse y comprender el sentimiento de miles de seres humanos, en lo que el padre Solalinde ha denominado de con fina ironía, el Triángulo de las Bermudas mexicano.  

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