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domingo, 6 de julio de 2014

Nymphomaniac, una película que pudo ser grande

Lars Von Trier, Pasolini y Beethoven. Todo en dos horas y media

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Leonardo González/GM5
@leoreydelflow

Muy alejado de sus raíces con el Dogma 95, Lars Von Trier regresa con una película llena de filtros, doble moral y protagonismo. Los elementos que otrora rechazara el reconocido director danés, hoy son la piedra angular de su filme.

Es bien sabido que Lars Von Trier no se anda por las ramas. Su particular estilo minimalista y melancólico nos ha dejado, desde hace varios años ya, bajar a estratos de la psique que pensábamos inexistentes. A menudo, este hombre nos da pinceladas de genialidad en sus filmes. Las imágenes, pulcras y bien concebidas, nos recuerdan a directores como Lynch o incluso como el mismo Kubrick; gente con una visión simétrica, perfecta.

Nymphomaniac, la más reciente película del director, lleva meses siendo controversial. Desde los días posteriores a su estreno, acompañada de una campaña publicitaria excelente, el filme se antojaba una de las obras más perturbadoras de la historia. No por nada, tiene claros atisbos de Fausto, de la Biblia y del Marqués de Sade.

El primer gran acierto de Von Trier es, por supuesto, el reparto elegido para su película. Si bien se apoya en actores de toda su confianza, como Willem Dafoe, toma a intérpretes en los que jamás hubiéramos apostado —Shia LaBeouf. Sí, el de los Transformers—, muy a la usanza de David Lynch rescatando a Kyle Maclachlan o Bill Pullman, llevando a sus actores hasta el máximo de su potencial. Con intérpretes como Charlotte Gainsbourg, Uma Thurman o incluso el mismo Stellan Skarsgärd, no tenemos nada de qué preocuparnos; son garantía.

Pero, ¿de qué va Nymphomaniac? ¿Cuál es el objeto de colocar un collage de desnudos violentos y casi dolorosos durante cinco horas? La respuesta es plana, obvia. La película no trata más que de contar la historia de una persona y su lucha contra su propia naturaleza, en un mundo discriminatorio, juicioso y, —¿por qué no?— misógino. Al pensar en la tesis del filme, no puedo evitar recordar a Pier Paolo Pasolini y su ensayo, “La iglesia, los penes y las vaginas”, donde arremete contra nuestra sociedad moralina y falsa, pasando por encima de la iglesia y recordándonos que las imágenes a veces sólo son eso, imágenes. No pecado.
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Así como Pasolini, la idea de Lars Von Trier es recordarnos que su protagonista,  la ninfómana, gusta de su vida como tal. Todos pensamos que está enferma porque la sociedad nos enseñó que así son las cosas. Joe, la ninfómana, sin embargo, es hasta cierto punto —hablando en relación a su condición física— inocente y temerosa. Existen, sin embargo, situaciones que la empujan a una corrupción más allá de la evidente. Su círculo social la rechaza a tal grado que tiene que mezclarse en asuntos ilícitos, cosa que, hasta ahora, no había hecho.

Y es que la protagonista, en principio, es egoísta, pero no tiene la intención de dañar a nadie. Su vida se desgaja por la falta de comprensión de parte de los demás, no tanto por ella misma.

Es evidente que uno de los aciertos del filme es su pulcra fotografía, acompañada de un score bastante acertado, donde la música raya desde los clásicos hasta música contemporánea, haciendo que sus escenas sean puntuales, sarcásticas hasta el punto de reír, y sentirse mal por ello.

La línea narrativa que Von Trier puede provocar ansiedad en el público, ya que, para fines prácticos, la historia nunca sale de una habitación oscura con poco más que una cama, libros y una lámpara. La aprehensión que logra el director con este método, nos recuerda a los mejores pasajes de Paul Auster en su memorable Trilogía de Nueva York, o a Cormac MacCarthy y su Sunset Limited. Es decir, la mezcla de sensaciones que el danés pretende provocar en su público, es más que lograda.

Con todo estos elementos, Nymphomaniac parece tener la fórmula asegurada para ser un excelente producto. Reflexivo y sutil en ocasiones, a veces agresivo, voraz. Es aquí donde el director se confía y tira lo que había construido con un discurso moral y sobrado, en la segunda parte del filme, con lo que toda la credibilidad y admiración construidas hasta ahora, se derrumban como una casa de cartas.

Es decir, la película es ya de por sí restrictiva, ya que sólo un determinado público gustará y entenderá su discurso, por lo que, al explicarles una conclusión ala que ellos llegarán por sí mismos —o no— es romper el principio de la película. Es subversión, tratar de guiar el pensamiento ajeno; todo lo contrario a lo que Nymphomaniac quería llegar.

Si bien este desacierto es pequeño, también lo es pellizcarse un disco lumbar. Y eso puede provocar la invalidez. La mejor respuesta la tendrá el público que, si bien puede haber quedado enganchado con la primera entrega, corre el riesgo de no encantarse con la segunda. Y es que Von Trier ha criado a una audiencia tan pensante, que probablemente, esta ya lo rebasó. Veremos qué opina cada quien…

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