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jueves, 28 de enero de 2016

Una Última y nos Vamos

La película dirigida por un debutante, con una sola estrella del cine nacional, Héctor Bonilla, y dos jóvenes y bellas actrices de la generación emergente en  la segunda década del Siglo XXI, Martha Higareda y Mariana Treviño, no son suficientes para que Una última y nos Vamos obtuviera el éxito de taquilla que merece; sin embargo tiene todos los valores para ser un clásico que perdure.


Una última y nos Vamos revela desde el inicio su intención de ser un clásico. ¿Recuerda usted Los tres Mosqueteros de Dios, con Javier Solís, Joaquín Cordero y Resortes? ¿O esas otras películas de Rocío Durcal, Libertad Lamarque, Hilda Aguirre o Cesar Costa, donde era vital ganar un concurso de música?
 
Fueron películas de humorismo blanco que formaron la educación sentimental de los nacidos en la década de los sesentas. La música era un atractivo adicional.
 
En el Siglo XXI, México es una tierra de grandes talentos musicales. Nuestro mariachi es una institución mundial, forma parte de nuestros más altos valores culturales y sin embargo hacía décadas que no era tema o inspiración de una película mexicana.

Con escenas en Jalisco y el Teatro del Pueblo de la Ciudad de México, los talentosos y eficaces productores de Una última y nos vamos visualizaron una película que rescata lo mejor de nuestros más estimados valores: el trabajo en equipo, la solidaridad, la familia y la música mexicana.

Enormes aplausos nos debe merecer el hecho de que la ley de estímulos fiscales para el cine haya incorporado esta leyenda:
 
Se otorga un estímulo fiscal a quien contrate adultos mayores, consistente en el equivalente al 25 % del salario efectivamente pagado a las personas de 65 años y más.
El filme le da rostro a Gabriel Chávez como maestro de ceremonias. Se trata de alguien que nos es familiar por su doblaje del Señor Burns, en Los Simpsons, El Fumador de Los Expedientes Secretos X o el abuelo de la serie animada ¡Hey Arnold!, pero cuya figura es prácticamente desconocida para la mayoría de los cinéfilos.
 
José Alfredo Jiménez y Maria Elena Leal, hijos de dos  leyendas de la música mexicana, José Alfredo y Lola Beltrán, junto con Jaime Almeida, son personajes incidentales de Una Última y nos Vamos, con lo que se reafirma la vocación de la película de rendirle  homenaje a personajes trascendentales de nuestra historia musical, si ya no es posible en forma directa, a través de sus herederos.
 
Aunque en el promedio de votos de Internet Movies Database, al realizar esta reseña, la película no alcanzaba el 7 de calificación promedio, disculpe usted si nos desborda el entusiasmo al recomendarla; pero es que en realidad hay que rescatar un filme que se preocupa por rendir un homenaje a nuestros valores, rescatar nuestra música, escenarios por muchos desconocidos como el Teatro del Pueblo, y revalorar a actores como Héctor Bonilla (que incluso canta) cuando ya es más fácil verle en el teatro, que en espectáculos para las masas como es el cine.
Bien por el director debutante Noé Santillán López. Bien por Época Films por esa dirección de arte que nos remite a las películas clásicas, desde las escenas iniciales, hasta la forma en que se coloca la palabra FIN.
La despiadada competencia por la cartelera cinematográfica seguramente no le dio a Una Última y nos Vamos los ingresos que merece. Salvo rarísimas excepciones, en México el cine solo se hace para darle un destino racional y perdurable al Impuesto sobre la Renta que deducen las grandes empresas a través de EFICINE.
Afortunadamente existen empresas como Netflix, para prolongar el valor y las oportunidades de ver películas como esta.
 
 
 

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